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10 agosto, 2017

¿Escritoras locas? No, sencillamente, incomprendidas

Un curso desnuda los malentendidos y las relaciones entre literatura femenina y la privación del juicio

¿Estaban locas o simplemente poseían una desbocada creatividad? ¿Necesitaban tratamiento o era una manera de doblegar su disidencia social, política, moral? ¿Eran brujas o, sin más, se empeñaron en transgredir normas que las asfixiaban? ¿Portaban el demonio de la carne o no se plegaban a la seca ñoñería de una sexualidad castrante? En cada una de estas preguntas podemos observar el espíritu de Virginia Woolf, Leonora Carrington, Alejandra Pizarnik, Clarice Lispector… ¿Enfermas mentales o, sencillamente, incomprendidas?

Esa es la razón del curso ¿Una maldición que salva? Escritoras y locura, del 7 al 11 de agosto, impartido en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (UIMP), de Santander, dirigido por las profesoras de la Autónoma de Madrid Carmen Valcárcel y Elisa Martín Ortega. Más de 120 asistentes en el aula comparten la mirada de expertos y literatos en torno a ese tabú, esa todavía confusa maldición.

Marta Sanz fue una de las primeras en hablar el pasado lunes, 7 de agosto. Con su novela Clavícula (Anagrama) como eje psicosomático y actual. "Se trata de un texto roto porque quiere reflejar la imagen del cuerpo femenino como territorio violentado y pasto de una fragilidad que tiene que ver con el género, con el paso del tiempo, con la percepción de la vulnerabilidad de las personas que quieres y con la precarización de nuestro oficio en particular y del país en general", aseguró Sanz.

Sirve como metáfora de todo un desgarro presente. “De las secuelas que deja en el cuerpo navegar contracorriente y de cómo es muy difícil separarlo de la psique, la química de la fisiología, el espíritu de la economía, sobre todo, en el caso de las mujeres que llevamos sobre la espalda un peso al que a veces no sabemos ponerle nombre", comentó la autora.

Convenía ahondar en el género esta semana en el Palacio de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, dentro del curso sobre literatas locas. “Los casos de estas escritoras han sido menos estudiados que los de los hombres en diagnósticos similares”, comentó Javier Expósito, impulsor del encuentro, como responsable de Literatura de la Fundación Banco Santander. Pero son ellas quienes representan con más dramatismo la confusión, esa catarsis del individuo frente a la norma y consiguiente desplome. “La definición de la locura de la que partimos es la de un constructo social, es decir, independientemente de la alteración mental que tuviera (o no) cada una de las autoras, lo relevante es que se las trata de enfermas mentales, algo que incide significativamente en la construcción de su propia identidad, y que las hace escribir acerca de la locura y de su internamiento”, añade Expósito. “Estudiamos sus obras como un medio para conocer de primera mano esta experiencia de los límites, así como los nexos entre la creación y la locura. Aparte de que las obras de estas autoras han sido significativamente menos analizadas, la definición de la locura ha sido históricamente utilizada de forma distinta al ser aplicada a las mujeres”.

Antes fue la histeria, hoy es la ansiedad, la fibromialgia… "el cajón de sastre de las enfermedades mágicas para las que la solución siempre es tardía o ambigua dentro de un relato médico heteropatriarcal", añadió. "De ahí salen nombres de mujeres que se movieron en ese delicado filo y que a veces se cayeron y a veces se hicieron un poco más poderosas —Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik, Frances Farmer, Janet Frame..."—. También estereotipos literarios como el de la loca del desván, de la psiquiatría darwinista, o relatos excelentes como El despertar, de Kate Chopin; Luella Miller, de Mary Wilkins Freeman, o El empapelado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman, propuso la escritora.

Todo ha sido —y, en parte, sigue siendo— un doloroso malentendido. "El concepto de locura ha sido utilizado históricamente de forma distinta en el caso de las mujeres, aplicándolo en ocasiones a aquellas que no cumplían con los imperativos sociales y morales que se consideraban propios de su género", afirma la profesora Elisa Martín Ortega. "La cuestión no es si la escritura femenina es distinta de la masculina. Tratamos de reflexionar acerca de las representaciones literarias (diarios, cartas, memorias, autoficciones) del dolor psíquico y del estigma asociado a los diagnósticos psiquiátricos, independientemente de que existiera o no una enfermedad mental".

Creativamente, para algunas, acabó como cierta ventaja: "Adoptamos una definición de la locura como constructo social, sometido a cambios históricos y culturales. No entramos en si las escritoras padecían o no una enfermedad mental, sino que nos interesa el modo en que transmiten esta experiencia límite y son capaces de crear una nueva identidad a través de la escritura". El título del curso —¿Una maldición que salva?— parte de una frase de Clarice Lispector. "Pretendemos interrogarnos sobre aquellos casos en los que la creación funciona como una forma de reparación y salvación, y otros en los que la artista se precipita en el abismo. ¿Por qué donde unas naufragan otras se ahogan?", se preguntaba Lispector, en palabras de Carmen Valcárcel.

Santander era el lugar indicado para hablar de casos como el de Leonora Carrington, internada en un psiquiátrico de la ciudad en los años cuarenta. Ahí llegó, en su huida del contexto europeo, atosigada por pesadillas bombeadas por sus amigos y amantes surrealistas, caso de Max Ernst. De ello habló Javier Martín-Domínguez, autor de Leonora Carrington y el juego surrealista, un documental sobre la artista que también se ha proyectado en el curso: "Viene a simbolizar la Historia con mayúscula, esos años que destrozan su mapa de viaje, como el de tantos otros, y especialmente el de los surrealistas parisinos, amenazados por el delirio totalitario", aseguró.

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN