Noticia
15 junio, 2017

El círculo de Moise

Relato del día a día de un niño sin escolarizar que trabaja en plantaciones de cacao de Costa de Marfil

No ha sido una buena cosecha, no llueve, el arroz no ha crecido y la mandioca se ha echado a perder. Es difícil llegar a todas las raciones para la escuela de Bodouakro, en Costa de Marfil. Ni los panes ni los peces se reproducen en un plato. No. Pero algo de milagro tiene esto. Hoy comerán más de 200 niños. Por el ventanuco del comedor encuentro los ojos de Moise, de 10 años. Nos conocimos esta mañana. Entonces no sonreía. O sí, pero le puede la timidez y pega la barbilla al cuello. Lleva un machete tan largo como su brazo, que tiene varios cortes. Un machete que me transporta a la cocina de una casa del mal llamado primer mundo (¿primeros en qué? otro día debatimos) y a la escena de pánico cuando uno de nuestros niños agarra un cuchillo. Boom. De frente. 

Moise maneja el machete con tal destreza que sus cortes en mí habrían supuesto rebanarme dos dedos, mínimo. Pero no sabe coger un lápiz. Nunca lo ha hecho. Desde hace cinco años, la mitad de su vida, el machete es lo primero que agarra al despertar en el suelo de su choza de adobe, junto a su abuelo, Dibi Yao.  A su lado está seguro. El padre de Moise no se quiso hacer cargo de él cuando supo que venía en camino. Su madre lo crio hasta que recibió la primera llamada del progenitor: “soy yo, y quiero llevarme a Moise. Lo haré. Debes saberlo”.

Moise crecía y pronto sería útil para su padre. Solo eso: útil. Un chico fuerte, mano de obra.  Dibi Yao juró que nadie lo robaría. Y así llegó Moise a casa de su abuelo. Tenía cinco años y desde entonces han intentado llevárselo varias veces. Dibi juró. Y los juramentos que nacen de ese punto en el que confluyen corazón y estómago son inmunes a hechizos, brujerías baratas y puños untados en testosterona. 

Ocho de la mañana. En silencio, abuelo y nieto caminan hacia la plantación de cacao. Uno y mil días iguales. Solo los tiempos de la cosecha marcan la diferencia: semanas limpiando el campo, semanas recogiendo el cacao, semanas trasladándolo a los secaderos… Cacao que Moise nunca probará. El cacao soluble es para nuestras cocinas, las de la hiperprotección ante un cuchillo desdentado.

No se puede estudiar con el estómago vacío, y mucho menos si has de caminar hasta 14 kilómetros, como en algunos casos

Por el camino se ha cruzado con una nube de cuadros azules y blancos, los uniformes de las niñas que van a la escuela. Las camisas de los niños tienen el mismo color que la tierra seca que Moise llevará de vuelta a casa en las manos, en la cara y en los pies. “Si estamos cansados regresamos a casa a las tres de la tarde. Si podemos, aguantamos hasta las cuatro o las seis”, me cuenta Dibi Yao sin apartar la mirada que rasga una sonrisa en la que cualquiera se quedaría a dormir. Dibi siempre sonríe. Y abraza con los ojos. Ahora entiendo por qué Moise se siente tan seguro.

En los campos de cacao, de cacahuete, de ñame…, en minas ilegales, en la venta ambulante, en el transporte de bidones de agua… Hay más de tres millones de Moise en Costa de Marfil y otros tantos Dibi Yao que ni siquiera meten la mano en los bolsillos buscando unos FCFAS (moneda local) con los que pagar la escuela de sus niños, porque no hay monedas ni bolsillos. Ni panes. Ni peces. Ni milagros. 

“Nunca he ido a la escuela, ni Moise. Y yo, como él, apenas sé hablar francés. No sé leer ni escribir”, dice Dibi en una de las pocas veces en las que aparta la mirada, en un intento de bajarle el sonido a una frase que aun siendo muda retumbaría, porque sabe que su nieto y él son la misma imagen en el espejo del analfabetismo: “me duele verme así, me hace mucho daño”. Y como queriendo quitar una posible losa caída sobre su interlocutora, levanta la cabeza y vuelve a sonreír. “Claro que querría que Moise fuera a la escuela, pero no puedo pagarla”. Conversa con su nieto en Baoulé y le arranca las palabras que yo no he conseguido. “Dice que quiere ser profesor. Y yo que lo sea”.

No hay monedas ni bolsillos. Ni panes. Ni peces. Ni milagros.

El año pasado la ONG Global Humanitaria, gracias a las donaciones de particulares que forman parte del sistema de apadrinamiento, financió las tasas de matriculación de los 317 alumnos censados entonces en la escuela de Bodouakro. Algo más de nueve euros por niño, una fortuna millonaria para las cuentas vacías de quienes solo ingresan la nómina imaginaria firmada por un campo de cultivo que tampoco aprendió a escribir. La escuela de Bodouakro fue construida por Global Humanitaria en 2011. Dos bloques en forma de ele, de tres aulas cada uno, para alumnos de primaria, de entre 6 y 12 años.

En medio una explanada por fin limpia de residuos, porque en el lateral del aula de CM1 levantamos una batería de letrinas. La ele se convirtió en una u cuando construimos el comedor escolar. Un plato de comida al día. No se puede estudiar con el estómago vacío, y mucho menos si has de caminar hasta 14 kilómetros, como en algunos casos. Cada día. Ida y vuelta. Y es así, mejorando el acceso a la educación, incentivando las matriculaciones, reduciendo los niveles de malnutrición y poniendo en manos de los niños herramientas para el desarrollo, como se detiene el ciclo de trabajo infantil.

El de ahora y el germen del de mañana. Es así como se afila el machete que lleva en la empuñadura nuestro nombre como sociedad, el que raja el círculo de pobreza que atrapa a Moise. Aquel mediodía, cuando me encontré su mirada en el ventanuco, estaba supervisando el funcionamiento del comedor. Sonaba el trajín de platos y el más gozoso de los jolgorios, el de las risas espoleadas por una ración de arroz. Moise no pisa el comedor ni la escuela que están solo unos metros de su casa, pero observa las escenas como si fuera invisible. “¿Quieres pasar y comer, Moise?” Y aquella cara de 10 años me devolvió la sonrisa del viejo Dibi.

Cristina Saavedra es directora de proyectos de Global Humanitaria en Costa de Marfil.

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Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN